De los delitos y los mazapanes [Artículo de opinion]

Estamos ya en diciembre de 2022 y si ustedes, queridos lectores, un domingo cualquiera van a comer a casa de sus familias y ponen Antena 3 a las dos de la tarde, encontrarán en primer lugar el telediario, en el que seguramente se hable del tema del momento: la famosa ley “solo sí es sí” o más apropiadamente llamada “de garantía integral de la libertad sexual.” Si son capaces de llegar hasta el final de la sección de deportes sin que estalle una batalla campal entre tíos y sobrinos por el resultado del partido del día anterior, podrán presenciar una de las tradiciones más clásicas de esta época del año: la película navideña de sobremesa. 



Pero no nos adelantemos, que aún quedan muchos adornos por colgar en el árbol. Hablemos sobre los estudiosos del derecho y como dentro de estos encontramos dos grandes corrientes mayoritarias que han estado presentes a lo largo de la historia. Por un lado, tenemos a los iusnaturalistas, a grandes rasgos, para ellos la justicia va inherentemente unida a un concepto de subjetividad y que esta justicia debe ser luego recogida por las leyes. Es decir, lo que es justo lo es porque va acorde a una serie de valores como el bien que se entienden como universales y son los ejes sobre los que se deben articular las normas. En segundo lugar, tenemos a los positivistas que, por el contrario, defienden que lo justo es lo reconocido por las normas codificadas y es lo único que debe tenerse en cuenta. Estos dejan a un lado estos pensamientos de si las leyes son acordes a una fuerza moral y se centran en que una ley lo es por su forma y debe ser obedecida porque así se mantiene el orden social.

Toda película navideña que se precie empieza con su protagonista, una persona de mediana edad con un trabajo de oficina o burocrático, no tiene familia o al menos no le preocupa mucho la que tiene y siempre tiene un plan para ese año conseguir escapar de su odiada navidad. Igual que nuestro protagonista, el ciudadano medio en España también se considera una persona razonable y pragmática, que lejos de dejarse influenciar por los devenires de las emociones, siempre es capaz de mantener la mente fría y alcanzar la solución más coherente. Es decir, el ciudadano medio cree ser una persona positivista, lejos de cualquier subjetividad. 

Las opiniones que cada uno tengamos sobre el concepto de justicia no suelen ser temas que salgan de manera casual en las comidas que plagan estas fiestas tan señaladas. Sin embargo, el señalamiento por parte de todos los medios de comunicación de la ley de garantía integra de la libertad sexual sí que lo ha traído a nuestra sobremesa. 

Pero volvamos debajo de la cálida manta y continuemos con nuestra película navideña. Ya nos han presentado a nuestro protagonista y de repente recibe una llamada inesperada, parece que tiene que ir al pueblo de su infancia a arreglar un problema en la empresa de su padre, lo cual le impide cumplir sus planes de huir de sus familiares y de cenas de navidad. El pueblo es el típico pueblo que todos nos imaginamos con sus entrañables casitas y lleno de extravagantes decoraciones en cada rincón y con una placita de ensueño donde los vecinos comparten risas y anécdotas. Nuestro protagonista por supuesto odia todo eso, todo menos un rincón de la plaza en el que se encuentra su amor de la infancia con el que dejó de hablar hace tiempo, pero por la que nunca dejó de sentir el más puro amor. Ella, por supuesto, ama la navidad. 

En el telediario también han mostrado una plaza, en concreto una de Madrid, en la que decenas de personas se congregan con pancartas contra la ley "solo sí es sí". Es probable que la persona media que ve eso señale a la televisión en aprobación y diga algo como “eso es así, si es que lo que no puede ser, no puede ser. A esos delincuentes habría que matarlos, no soltarlos antes de tiempo.” Y es que al igual que nuestro protagonista, todo el mundo tiene su esquina de la plaza que le hace cuestionar su pragmatismo. Según una encuesta realizada por Europa Press en 2018 un 76% de la población española se mostraba partidaria de la cadena perpetua, mientras que solo el 26% lo estaba en el caso de la pena de muerte. Existe, por tanto, una idea general de que tener a la gente en la cárcel es algo positivo, pero que matarlos, por el contrario, es algo completamente inmoral. Y es normal, pues al final nuestro sistema tiene unos cimientos a favor de la reinserción que se ven desde el artículo 25.2 de la Constitución y ese debería ser el objetivo último de las penas. Debería. 

¿Por qué el protagonista de la película de navidad está decorando galletas, comprando un árbol de navidad gigante y cantando villancicos? ¿No pensaba que la navidad era un cuento completamente irracional? De la misma manera, una persona que considera irracional matar a alguien por un delito, albergando la esperanza de que pueda cambiar, es capaz de señalar a la televisión y decir “A esos habría que matarlos a todos.” Y es que hay delitos y delitos y el que se contempla en la ley de garantía íntegra de la libertad sexual es uno realmente sensible y que todo el mundo entiende como atroz. Es normal que como seres humanos nos cueste tomar distancia en estas situaciones y tendamos a actuar de manera impulsiva, aplaudiendo las penas más fuertes como fuegos artificiales. 

De este aplauso ya nos advertía Cessare Beccaria en su tratado De los delitos y las penas, en el que al hablar de la función de estas, advertía contra la “crueldad inútil, instrumento del furor y del fanatismo.” Es muy fácil salir en la televisión antes de esas películas navideñas, a decir que las penas están muy mal porque son muy bajas o muy bien porque son muy altas. Sin embargo, deberíamos aprovechar este momento en el que se habla del tema para reflexionar sobre si son efectivas. Igual que un protagonista de película navideña, absorbidos por las luces y las canciones, es natural que dejemos a un lado nuestra visión racional, pero esta debe seguir ahí. 

Todos entendemos que en un mundo ideal el sistema penitenciario podría asegurar la reinserción efectiva de todos cuantos pasan por él y si entendemos eso tenemos un objetivo al que apuntar. Debemos centrar la conversación en cómo de efectiva está siendo esta reinserción, que según datos del ministerio de interior actualmente es del 80,02%. Pero aún tenemos mucho margen de mejora, pues en ámbitos como el de la violencia machista encontramos una tasa de reincidencia del 41,6% según la misma fuente. Ante este tipo de delitos debemos trabajar para conseguir mejorar ese número y, además, tomar una gran cantidad de medidas preventivas como tratar el tema desde los primeros peldaños del sistema educativo. En este aspecto, la nueva ley de garantía integral de la libertad sexual supone un paso adelante en la dirección correcta, un paso claramente oscurecido a ojos de la opinión pública por el debate imperante. 

A las seis de la tarde la película navideña termina y aún quedan dos horas antes de que vuelva a empezar el aluvión de información del telediario, al cual se suman las discusiones familiares señalando en la pantalla a los de un color y a los del otro. Son dos horas para reflexionar sobre cuál es el motivo por el que nos enfadamos al oír hablar de una pena, sobre por qué la consideramos justa o injusta y sobre qué debe versar el discurso. Es completamente normal no querer considerar a los perpetradores de los peores delitos como siquiera seres humanos, más cuando este delito nos toca de cerca, pero la realidad es que lo son y no hay nada que podamos hacer al respecto de lo sucedido salvo tratar de que no vuelva a pasar. Antes de los créditos finales es pertinente recordar la frase con la que Beccaria decide poner la estrella del árbol en su anteriormente nombrado tratado: 

“La gravedad de las penas debe ser relativa al estado de la nación misma. Más fuertes y sensibles deben ser las impresiones sobre los ánimos endurecidos de un pueblo recién salido del estado de barbarie. Al feroz león, que se revuelve al golpe de un arma limitada, lo abate el rayo. Pero a medida que los ánimos se suavizan en el estado de sociedad, crece la sensibilidad, y creciendo ésta, debe disminuirse la fuerza de la pena, siempre que quiera mantenerse una relación constante entre el objeto y la sensación. 

[…] Para que toda pena no sea violencia de uno o de muchos contra un particular ciudadano, debe esencialmente ser pública, pronta, necesaria, la más pequeña de las posibles en las circunstancias actuales, proporcionada a los delitos, dictada por las Leyes.”

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